Parcialmente nublado

25 junio 2011

Con las metáforas no se juega. El amor puede surgir de una sola metáfora.

Milan Kundera.


Al poco tiempo de haber cortado con un novio que tuve, me fui a Mendoza de vacaciones. Las necesitaba desesperadamente. Estaba triste por muchos motivos; además de la inevitable tristeza por la ruptura, sentía algo así como lo que deben sentir las madres en la depresión post parto. Aquí está todo esto por lo que trabajé durante tanto tiempo - esta ciudad, esta carrera, esta independencia. Esto es todo lo que quise. Esto es todo. ¿Esto es todo?

Esto fue hace muchos años, cuando este blog todavía se actualizaba seguido, yo no tenía idea de que existiera alguien en el mundo que se llamara Emilio Zieba, ni me importaba no saberlo. Tenía ideas muy firmes sobre muchas cosas que ahora no creo. Sonreía más seguido, juzgaba más, pensaba menos, leía tanto como leo ahora, me sentía feliz.

Volví de Mendoza un día lluvioso y mientras descansaba del viaje en el living, recibí un mensaje de texto de mi ex, que todavía no sabía que en esas vacaciones yo había aprendido que existía alguien que se llamaba Emilio, ni que a partir de ese momento toda mi vida iba a estar marcada por eso. Era un mensaje cortito: "¿Ya estás en Buenos Aires?".
Yo no le había dicho a él ni a nadie que lo conociera que volvía ese mismo día. "Sí", le respondí. "Llegué hoy".

"Me di cuenta por la lluvia", respondió, y nunca hubo una ex novia más agradecida ni más sonriente que yo al recibir ese mensaje. En ese momento - nunca se lo dije - lo quise muchísimo y agradecí el haberlo conocido. No pensaba volver con él: una vez que una conoce a alguien que se llama Emilio Zieba, ya no puede pensar en querer a nadie más. Pero sonreí. Toda mi relación anterior quedó justificada por ese mensaje.

Les cuento: durante esa relación yo viajaba mucho entre Mendoza y Buenos Aires. Y desde mi primer viaje hasta ese último mensaje, siempre hubo una tormenta cada vez que yo llegué. A el lo conocí así, en mi primer día en unas vacaciones en Baires, empapada en Corrientes y Florida por una lluvia sorpresiva. Fue él el que me lo hizo notar. "Siempre que venís, llueve".
Era tierno y gracioso. No pensaba mucho en eso, pero era simpático darme cueta de que cada vez que volvía de un viaje las gotas empezaban a caer.


Un tiempo después, en un fin de semana largo que no recuerdo por qué fecha fue, esa persona que se llama Emilio Zieba y cuya existencia había pasado a ser vital para la mía, me vino a visitar a Buenos Aires.
No les voy a contar cómo me dijo que venía, porque fue demasiado lindo y, aunque a ustedes los quiera mucho, comprenderán que no quiero mirones en mis recuerdos más preciados. Simplemente digamos que yo estaba feliz y que lo único que me bajoneaba un poco era saber que el fin de semana iba a ser lluvioso. Tenía algunas esperanzas de que el pronóstico se hubiera eqivocado, pero las abandoné a todas cuando salí de mi depto ese día para ir a buscarlo a Retiro. El cielo estaba nubladísimo y sonaron un par de truenos. Llevaba mi paraguas en la mano.

Pero a las pocas horas no había ni rastros de una nube en el cielo. Ni la hubo en todo el fin de semana. Pasamos unos días hermosos, llenos de sol, hasta el martes en que lo acompañé de nuevo a Retiro para que se volviera a Mendoza. Ahí se puso nublado de nuevo. Nos abrazamos, nos besamos, él se subió al micro y en ese momento - como si alguien lo hubiera estado esperando - empezaron a caer unas gotitas que en poco tiempo eran una tormenta declarada. Durante toda esa semana llovió, como si el cielo se estuviera desquitando por tener que haberse aguantado tantos días.
Esa vez yo no llevaba paraguas. De Retiro me fui a la facultad empapándome alegremente. Sonreía sola - por los días que había pasado y también por la inesperada sorpresa de la lluvia. Era una confirmación casi sagrada. La metáfora perfecta. Hasta ese momento, yo podía traer la lluvia, y eso no pasaba de ser una feliz curiosidad. Pero ese martes todo tuvo sentido. Emilio traía el sol.