Ya sé que desde el momento en que diga lo que inevitablemente voy a decir, perderé una significativa cantidad de lectores. Y aquellos valientes que se queden y sigan leyendo, probablemente se ofendan y me manden esos mails larguísimos que siempre mandan ustedes cuando digo barbaridades. Sin embargo, es inevitable decirlo: Cortázar no me gusta. Y los lectores de Cortázar me gustan muchísimo menos.
Y sin embargo, no les estaría diciendo la verdad, porque lo cierto es que disfruto muchísimo cada vez que releo Bestiario o Cronopios o Todos los Fuegos. Cortázar fue, para mí y para muchísimos otros, el primer paso hacia la "literatura" de verdad y, en más de un sentido, resulta ser todo un padre intelectual para la mayoría de los argentinos. Descubrir en qué reside esta dualidad será, entonces, el objetivo de este post.
Podría empezar, entonces, señalando qué cosas me molestan particularmente de Cortázar. No serán, por supuesto, factores literarios. No considero que Cortázar sea un genio literario en el sentido clásico, pero es un buen escritor, e incluso un gran escritor. Mi problema no es con sus libros sino con él, que lamentablemente a veces decide participar de su obra y erigirse como protagonista absoluto - este post podría llamarse, entonces, Cortázar y la Dictadura del Narrador.
Por ejemplo, en Rayuela, cuando Oliveira habla de que Armstrong irá a Buenos Aires y critica a todos los porteños que irán a ver esos "refritos" sintiéndose en el primer mundo. Es que, claro, Armstrong es bueno mientras toque en París. Todos los pequeños mortales que no viven en París (y no en cualquier lugar de París; en una buhardilla de París, sueño de todos los adolescentes latinoamericanos desde los comienzos del boom, y permitaseme agregar, sueño bastante imposible ya que todos los que queríamos vivir allí todavía no sabíamos lo que era una buhardilla y, francamente, tampoco nos importaba) todos esos mortales, digo, tendrán que conformarse con ser siempre seres pequeños, sanguijuelas de Europa, a pesar de tener los mismos gustos que Cortázar o, qué se yo, haber leído antes que él a Virginia Woolf. No importa: Estamos condenados a la pequeñez porque una vez que alguien decidió ir a Buenos Aires se empequeñece también. A Cortázar ya no le puede gustar Armstrong; deberá buscar otro jazzero, menos famoso, que no toque en lugares tan comunes y desastrosos.
Sí, Cortázar fue uno de los primeros hipsters. A lo largo de toda Rayuela leeremos, más o menos velada, la frase "a mí me gustaba X antes de que se hiciera famoso". El tufo del cuerpo de los demás, los no-iniciados, basta para arruinar al músico o al escritor más talentoso. Será por eso que Cortázar vive en una buhardilla: desde allí arriba no puede oler a la pobre humanidad.
Será por eso que el lector eterno de Cortázar es el adolescente o posadolescente inmaduro. Cortázar, como el socialismo ingenuo, parece no resistir la edad adulta. Y no porque sea un puro, a la manera de los personajes de Sábato o de Camus; es porque cuando la gente madura, se le ríe en la cara a pendejos como Oliveira. Esos pendejos que necesitan mostrar con la ropa que se ponen y el modo en que hablan los gustos que tienen, como si eso los definiera como personas; esos socialistas de salón, que hablan muy bien de la revolución cubana mientras se ajustan la camisa - italiana o francesa - y fuman los habanos que cientos de campesinos cosecharon por unas pocas monedas. Esos tipos que apenas te conocen te preguntan por tu banda favorita y dan una mirada irónica cuando respondés algo que tenga más de 3000 fans. Esos tipos que usan la tipografía Helvetica (más cool que Arial) en su tumblr (más cool que blogger) para poner mensajes poéticos en las fotos que sacan con una cámara digital que se asemeja extrañamente a una Lomo (de más está decir, mil veces más cool que una Sony CiberShot).
Y aquí empiezo a dudar: ¿por qué odio a Cortázar si en realidad lo que estoy criticando es a sus lectores?
Y creo que es porque considero que Cortázar es responsable por sus lectores; es Cortázar el que llena página tras página de música que hay que escuchar, libros que hay que leer, opiniones que hay que tener para ascender al Cielo de La Gente Copada. Y, como el huevo o la gallina, ya no sé qué viene primero: no sé si esos adolescentes insoportables vinieron primero y descubrieron a Cortázar como "uno de ellos" o, lo más aterrador, si Cortázar contribuyó a arruinar generación tras generación de jóvenes lectores argentinos, que a partir de ese momento sólo podrán hablar de jazz pre cincuentas y de literatura experimental del siglo XX.
Morelli había pensado una lista de acknowledgments que nunca llegó a incorporar a su obra publicada. Dejó varios nombres: Jelly Roll Morton, Robert Musil, Dasetz Teitaro Suzuki, Raymond Roussel, Kurt Schwitters, Vieira da Silva, Akutagawa, Anton Webern, Greta Garbo, José Lezama Lima, Buñuel, Louis Armstrong, Borges, Michaux, Dino Buzzati, Max Ernst, Pevsner, Gilgamesh (?), Garcilaso, Arcimboldo, René Clair, Piero di Cosimo, Wallace Stevens, Izak Dinesen. Los nombres de Rimbaud, Picasso, Chaplin, Alban Berg y otros habían sido tachados con un trazo muy fino, como si fueran demasiado obvios para citarlos.
¡A la perinola! Yo considero que sé bastante de cultura general y del mundo, y sin embargo varios de estos nombres me son desconocidos o me suenan apenas. Imagínense a los 13 años; alo más, habré podido reconocer a Borges, Chaplin, Picasso y Garbo.
¿Cortázar es tan copado que realmente estos nombres le parecen obvios? ¡En absoluto! (Y aquí lo juzgo como si fuese un conocido de toda la vida, pero es que realmente siento que lo es). Cortázar sabe que nadie conoce esos nombres. Son la clave secreta, el misterio a develar para vivir en París y pertenecer a la Cofradía de la Buhardilla. Y para mí y muchos otros, no importaba disfrutarlos o no, sino conocer sus nombres; hablar de ellos omitiendo el hecho de haberlos leído en Rayuela y fingir que los conocíamos antes que Cortázar nos dijera que eran un must. (así, en inglés; los cortazarianos intercalamos palabritas en francés y en inglés sólo para demostrar que los hablamos, aunque, si me preguntan a mí, nada tiene de elegante que tus padres a los 10 años te mandaran al instituto a aprender inglés).
Así que allí estamos, los Iniciados. En pocos años viajaremos a París, a morir de hambre mientras nos negamos a trabajar en cualquier empresa que vaya en contra de lo que consideramos adecuado (es decir, no tendremos ningún trabajo). Pero no podremos resistir gastar los últimos francos (lástima que ahora hay euros, compartidos por polacos y portugueses) en libros y discos, a pesar de que tengamos que pasar hambre por una semana. Miraremos el mundo como a través de un cristal, viendo pasar a toda la gente común, pobres infelices, famas, sin ninguna duda, que nacen, se reproducen y mueren y no hacen nada más, porque no tienen nuestra sensibilidad para poder ver el mundo... pero, a la vez, ¡que no daríamos por ser amigo de esa gente común! (¡No, no, no! ¡Imposible! ¡No caigas nunca en la tentación de la normalidad! ¡Sos de la Cofradía ahora! ¡Condenado a la soledad, alejado de resto de los mortales, pero con la certeza de ser mejor, mejor, mejor, mejor que todos ellos!) Nos enamoraremos de alguien bien bruto, como la Maga (pobre, realmente le falla el cerebro) pero aún así especial, inocente. ¡Ah! ¡Cómo sufriremos! ¡Nadie que nos comprenda, enamorados fatalmente de un ser "puro", que jamás será tan inteligente como nosotros ni nos comprenderá! ¡Como desearemos pertenecer a su mundo! Pero no, imposible: estamos vedados de la felicidad de la ignorancia. Somos los Iniciados. Sólo podremos sufrir en nuestra infinita soledad y comentarle a nuestros diez o doce amigos lo Solos que Estamos.
Y Cortázar allá arriba, dirigiendo la batuta, sabiéndose escuchado, admirado, alabado, el conductor de masas para todos aquellos jóvenes sensibles. Rayuela nos machaca a cada rato con la libertad del lector, y yo me pregunto, ¿desde cuándo el lector no es libre? Todos nosotros hemos leído libros en el orden que hemos querido, particularmente en la infancia. Todos nosotros decidimos qué queremos de un libro y cómo lo queremos, y esa es una de las mayores ventajas que tiene la literatura sobre el cine: somos completamente libres frente a un libro. Podemos darlo vuelta, volver atrás, saltear, leer el final para después ir al inicio, dejarlo inconcluso y volver meses después.
¿Cortázar no sabe esto? ¿Cómo puede no saberlo?
Y sin embargo, necesita decirnos que con Rayuela nos ha liberado. ¡Pero qué risa! Un tipo nos da dos formas de leer una novela, dos formas prefijadas, estables e inmutables, y nos dice que nos ha liberado del yugo de la literatura. ¡Qué esperanza, Julito! Frente a Rayuela no somos libres: somos presos de Cortázar.
Y Cortázar no nos quiere liberar. Está ahí, omnipresente, en la mayoría de sus obras. A la manera de Vuctor Hugo, se convierte en el auténtico protagonista. Cortázar no deja que nos olvidemos que sus libros son ficciones y que él es el dueño de esas ficciones. De ahí viene, con tanta fuerza, el estereotipo cortazariano, que alcanza su mayor esplendor en Historias de Cronopios y de Famas. Por un lado, Yo, nosotros. Por el otro, las famas.
No exageré al llamar a Cortázar dictador, porque la estrategia de escritura es prácticamente política. Ellos contra nosotros. Es literatura schmittiana: Cortázar logra tener un público caricaturizando a los demás escritores, al resto del mundo, y poniéndose como la única opción que puede satisfacer los deseos de Nosotros. Si no somos amigos de la Maga y Oliveira, entonces nos veremos reducidos a esos borrosos personajes de Rayuela, que ni siquiera tienen nombre y si lo tienen entonces lo olvidé, porque, ¿para qué recordarlos? Si no se es un Cronopio, entonces se es una Esperanza o, dios lo impida, una Fama - y no hay nada en el medio que podamos ser, no hay escapatoria a esta dinsyuntiva vital.
Y Cortázar es, como todo el mundo sabe, el Grandísimo Cronopio. Nuestro líder, el que nos da nuestra identidad absoluta. El que nos dicta desde sus libros qué personalidad debemos tener, qué música debemos escuchar, qué opiniones tenemos que sostener y en dónde vivir.
Y sin embargo...
Hay algo más en Cortázar. Eso que se encuentra en Bestiario, en Axolotl. Quizá lo podamos decir así: Cortazar no fue cortazariano. Eso es impresionante, y tendemos a olvidarlo. Cortazar fue el primero en hacer tantas cosas que ahora son moneda corriente, y que ya no nos impresionan por conocerlas de memoria. Pero fue el primero.
Tal vez haya tres etapas en la lectura de Cortázar. La primera, será el cortazarianismo ingenuo que caricaturicé - obviamente, me duele tener que aclararlo, exageré durante todo el post.
La segunda será la mía: la crítica mordaz, el total rechazo de todo lo que apeste a París y buhardillas.
Por supuesto que después de ellas vendrá la síntesis, y quizá pueda entender por qué un milagro de la literatura como Casa Tomada puede haber sido escrita por el mismo que hizo Rayuela. O mejor: tal vez pueda volver a encontrar qué tenía Rayuela que me fascinó en el primer momento, despojándola de la total ingenuidad de los personajes, la irrealidad de todos sus estereotipos, del snobismo que la impregna, y recordar que Cortázar fue uno de los primeros que se animó a decirnos que la literatura puede ser un juego, que la Cultura puede ser un juego de niños o un partido de fútbol, que el arte congelado en los museos está muerto para siempre y que el único modo de ser un verdadero artista es llevar el arte a cuestas.
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Tengo la leve impresión de que esta entrada no tiene el más mínimo sentido, pero se me hizo larga y no tengo ningún deseo de volver sobre ella y corregirla. Perdón por todos los errores que encuentren, tanto los de tipeo y los de gramática como los de estructura.